Silvio García: «La desinformación era total, pero no había nada más importante, ni más hermoso, que volcarnos en la música»
- Marta
- 24 dic 2025
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A los 67 años, Silvio García Enríquez repasa una vida marcada por la música, el exilio y la disciplina. Nacido en Cuba en 1957 y formado en uno de los sistemas de enseñanza artística más exigentes del mundo, su trayectoria personal es también el reflejo de una generación que creció creyendo en un proyecto colectivo que, con el paso del tiempo, se fue resquebrajando. En un contexto en el que la política migratoria ha cambiado drásticamente, como recoge la noticia de Aquí Madrid sobre cómo las nuevas medidas de la administración Trump han desplazado los objetivos migratorios de cubanos de Estados Unidos hacia España, su historia adquiere una dimensión especialmente relevante para entender las realidades contemporáneas de la diáspora cubana.
En ese entorno de desinformación y progresivo deterioro social, la música no fue solo una vocación ni un refugio emocional, sino la vía que le permitió salir del país. Músico y profesor de viola y violín, García encontró en su carrera artística el pasaje que le abrió las puertas al exterior a través de giras y proyectos internacionales, algo vedado para la mayoría de ciudadanos.
Gracias a ese vínculo con la música pudo viajar, contrastar realidades y, finalmente, abandonar Cuba hace casi tres décadas para iniciar una nueva vida en España. Lejos de los escenarios y las aulas en sus primeros años, tuvo que empezar de cero, pero sin renunciar nunca a los valores aprendidos en su juventud disciplina, respeto y excelencia en el trabajo. Desde Mallorca, donde reside actualmente, reflexiona hoy sobre la educación, la emigración y la pérdida de referentes, con la serenidad de quien sabe que su instrumento no solo definió su identidad, sino que fue clave para conquistar la libertad de elegir su propio destino.

Pregunta - ¿Cómo describirías el ambiente social y cultural de tu infancia y adolescencia en Cuba?
Respuesta - Crecer en Cuba fue una maravilla. La infancia, la adolescencia y toda la etapa previa a la universidad estaban cargadas de ilusión. Todos los jóvenes teníamos sueños y creíamos en un proyecto que pensábamos que transformaría el país. Había un desarrollo enorme en todas las áreas: la música, la danza, el teatro, artes plásticas, literatura, medicina… Era una época realmente pujante. Pero con el tiempo esa ilusión se fue desintegrando.
Pregunta - ¿Qué papel jugaban las familias y la comunidad en la formación de valores en aquella etapa?
Respuesta - Era fundamental. Las familias de todos los estudiantes estaban implicadas. Había un espíritu colectivo de priorizar el bien común. Se creó una sociedad muy solidaria en la que predominaban los valores. Existían excepciones, pero la mayoría vivía bajo esa idea de respeto, esfuerzo y convivencia sana.

P. - ¿Dirías que existía un fuerte sentido del bien común?
R. - Totalmente. Quienes no compartían esa sintonía, quienes llevaban una vida menos comprometida, solían quedar relegados. Sentían que no encajaban. Esa claridad sobre con quién juntarte y con quién no se ha perdido hoy en día.
P. - ¿Cómo nació tu pasión por la música?
R. - Fue casi accidental, porque yo acompañé a mi tía al conservatorio ya que mi hermana quería estudiar piano. Mientras esperaba, una profesora de guitarra, Clarita Nicola, me vio, me agarró del brazo y me llevó a un aula e hizo que me presentara a una prueba sin haberla pedido. Cuando terminé, le dijeron a mi tía que yo era el que mejor había hecho la prueba. Mi tía al verme con la profesora enseguida se alarmó pero bueno jajaja, a partir de ahí comenzó todo.

P. - ¿Hubo alguien que te influenciara especialmente en esa etapa inicial?
R. - Sí. Mi profesor de violín, Joaquín del Río, un gallego. Él fue decisivo para que yo me enamorara de la escuela y de la música. Creó un vínculo muy especial conmigo, una complicidad que hizo que aquello fuera como vivir en un reino maravilloso. El ambiente era inigualable.

P. - ¿Cómo era el sistema de enseñanza artística en Cuba?
R. - Extremadamente riguroso. Las escuelas de música eran tan exigentes como las de París o Nueva York, pero con una magia especial. La convivencia diaria lo hacía única, teníamos clases por la mañana, música por la tarde y, ya en grados medios, régimen de becados con una disciplina semimilitar. Era un paraíso creativo, ya te digo esa colaboración entre todos era impresionante.
P. - ¿Qué lugar ocupaba la música en tu vida durante esa etapa?
R. - Era nuestro refugio. Lo más importante que existía. Para obtener resultados en música necesitas una conexión muy subjetiva, y esa profundidad emocional era compartida por todos. No había otra prioridad más hermosa que volcarnos en la música.
P. - ¿Qué valores te transmitió esa experiencia de convivencia?
R. - Muchísimos, la elegancia, el respeto, la delicadeza, la caballerosidad… Aunque hacíamos travesuras como cualquier joven, existía un código de comportamiento muy marcado. Algo que hoy echo de menos en las nuevas generaciones. El trato, las formas, el respeto hacia profesoras y compañeras… era otro mundo.
P. - ¿Intentas transmitir esos valores a tus alumnos actuales?
R. - Sí. Como profesor, llevo muchos años centrado en la enseñanza y trato de inculcar disciplina, estilo, sobriedad, respeto. En la música, los conceptos son esenciales: afinación, técnica, interpretación. Si se explican bien, funcionan. Y he comprobado que esa formación integral tiene impacto positivo.

P. - ¿Encuentras diferencias entre la educación musical en Cuba y en España?
R. - Sí, bastantes. En Cuba el acceso a las escuelas de arte era muy selectivo y gratuito, pero muy exigente. Había listas de espera todo el año. Aquí el sistema es distinto: en muchos centros se paga matrícula, y el entorno es más heterogéneo. Aun así, la misión sigue siendo formar a los alumnos con la mayor calidad posible.
P. - ¿En qué momento empezaste a plantearte abandonar Cuba?
R. - Fue un proceso. Los artistas teníamos más facilidad para viajar y yo llevaba tiempo haciéndolo con diferentes agrupaciones. Algunos amigos ya me advertían de que el país estaba entrando en una fase de degradación. Aun así, yo tenía mi mundo construido y me costaba imaginarme fuera. Siempre habíamos presumido del carácter respetuoso y cálido del cubano. Pero el deterioro económico y social comenzó a afectarlo todo.
P. - ¿Qué factores influyeron más en tu decisión de emigrar?
R. - La erosión del sistema, la desinformación interna, y el contraste entre la realidad y lo que mostraba la televisión. Yo tenía varios trabajos simultáneos, algo normal para los artistas en Cuba, pero cuando un funcionario cuestionó por qué yo tenía tres empleos fue como el aviso decisivo, ya que entendí que podían llegar a venir problemas y ya ahí me puse a mover hilos y hablar con mis contactos.

P. - ¿Qué ocurrió exactamente cuando las autoridades investigaron tus trabajos?
R. - Preguntaron por qué tenía tres empleos. Mi jefe respondió que era porque era muy bueno, y me avisó: “Vinieron a averiguar”. Un mes después ya había salido del país. Al mes siguiente, el gobierno prohibió las dobles contrataciones. Ese fue el punto de no retorno.
P. - ¿Cómo surgió la oportunidad concreta para salir del país?
R. - Durante una gira con el Cabaret Tropicana conocí a un empresario catalán, dueño de una empresa muy importante. Nos hicimos muy amigos y gracias a él pude tramitar mi residencia y un contrato laboral estable. Fue quien me tendió la mano para poder empezar una nueva vida. No diré que lo tuve fácil, pero si que fue de gran ayuda su apoyo.
P. - ¿Cómo fue empezar desde cero en España?
R. - Durísimo. Trabajé tres años en la empresa de mi amigo, primero como peón: haciendo palets, cargando sacas en correos, lo que hiciera falta. Yo venía de dar clases en la universidad y de tocar en Tropicana, pero aquí tuve que empezar otra vez desde abajo. Yo era el único en toda la fábrica al que se le permitía trabajar con cascos escuchando música, porque sabían que la necesitaba para sobrevivir. Yo llevaba mis ocho casetes y llevaba siempre la radio encima, cuando se terminaban yo ya sabía que había finalizado mi jornada por ese día.
P. - ¿Qué te ayudó a salir adelante en esos primeros años?
R. - La disciplina. Si tenía que hacer palets, los hacía perfectos. Me negaba a venir a hacer un mal trabajo. Incluso se convirtió en un orgullo que todos los departamentos vinieran a ver mis palets. Y también la fuerza de ver a otros trabajadores, como una señora de casi 70 años, viuda, con dos hijos con dificultades doblaba turnos sin quejarse, yo no era nadie para lamentarme. Te puedo asegurar que para mí esos años fueron muy duros, en un nuevo país y solo. Estuve hasta tres años sin ver a mi hija hasta que no conseguí sacarla de Cuba y traérmela conmigo a España.

P. - ¿Cómo fue que terminaste en Mallorca?
R. - Me enamoré.

P. - ¿Qué mensaje le darías hoy a los cubanos que desean emigrar?
R. - Que hoy tienen una ventaja que yo no tuve: la información. En mi época no había internet. La gente debe tener convicción, estar dispuesta a adaptarse y entender que, aunque tengas contactos o facilidades iniciales, al final tendrás que escribir tu propia historia con esfuerzo. Eso vale para cubanos y para cualquiera que decida emigrar.



